Quien me pregunte por qué Labyrinth (1986) sigue siendo una de mis películas favoritas de todos los tiempos, la respuesta es simple: es un cóctel perfecto de magia, música, estética y criaturas fantásticas que, aunque proviene de una década muy particular, ha logrado mantenerse atemporal en su impacto emocional y visual. Labyrinth no es solo una película; es un mundo, un universo visualmente tan cautivador y tan bien creado que debería ser obligatorio verla al menos una vez en la vida.

Lo que destaca de Labyrinth es su increíble construcción de un universo lleno de Goblins, criaturas extrañas, y personajes fantásticos. Si pensamos en las películas de fantasía de los 80s, esta cinta es un claro ejemplo de lo bien que se podían lograr mundos complejos, utilizando los efectos prácticos de la época. Los Goblins, con sus detalles minuciosos y su aspecto a medio camino entre lo grotesco y lo encantador, son una verdadera joya. Los muñecos creados por Jim Henson, el genio detrás de los Muppets, fueron un gran avance técnico para la época, combinando lo artesanal con la magia de la producción cinematográfica.
Para mí, la estética de Labyrinth es una de las más preciosas y únicas que jamás haya existido en el cine. La paleta de colores, las texturas, los vestuarios, todo es una oda al estilo de los 80s, con un toque de misticismo y glamour. Es fácil ver cómo la influencia del diseño de vestuario, el maquillaje y la dirección de arte se han convertido en un referente incluso en la cultura pop actual.
Pero si hay una escena que encapsula perfectamente esta estética es el inolvidable baile de máscaras entre Sarah y Jareth, el carismático e inquietante rey de los Goblins interpretado por David Bowie. Este momento, además de ser visualmente espectacular, tiene un aura tan mágica que una servidora no puede evitar admirarlo en todo su esplendor.

Los trajes, la iluminación, la coreografía, y claro, la magia del lugar (a mí me recuerda a un baile de máscaras veneciano), hacen de esta escena algo que no solo marca un antes y un después en el desarrollo de la película, sino que también se ha quedado grabado en mi memoria como un momento de pura magia visual.
Revisionar la escena me sigue poniendo la piel de gallina, sí lo digo.
Para quienes crecieron con ella, Labyrinth representa un pedazo de nostalgia que nunca se olvida. Y para las nuevas generaciones, sigue siendo una experiencia visual que deja huella, un viaje al corazón de la fantasía que, a pesar de los avances tecnológicos y la evolución del CGI, es y será un referente.

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